
Por suerte para mi sanidad mental, pude desconectarme del mundo unos días en un viaje corto. Me gusta esa ciudad y creo que yo le gusto a ella. Cada vez que he ido, unas cuatro o cinco veces, me han pasado cosas maravillosas ahí. O he sentido cosas maravillosas, no sé muy bien. El estado de ánimo siempre es un poco revolucionado y revolucionario.


Saben cómo es la primavera de esta ciudad? es como si los Oopa Loompas de Willy Wonka hubieran estado semanas pegando millones y millones de flores de papel crepé de todos los colores en cada rama de cada árbol. Es imposible. Así es la primavera: pas possible. Iba mirando por la ventana y diciendo “Vieron ese árbol?!” cada cin-co-se-gun-dos. Multipliquen por cinco días y sabrán por qué casi me eyectan del carro en marcha. Soy una incomprendida.


Vi el amanecer en este parque. Los amaneceres son especiales porque los ves menos y los compartes con muy poca gente. A mi me hipnotizan (por no decir me idiotizan, que es en realidad lo que ocurre) y quiero recoger toda esa luz y guardarla en un estuche para que no se me gaste. No tengo palabras para describirles el color del aire de este parque cuando sale el sol, tendría que aprender a hablar luz. Las fuentes, los estanques, los árboles (vieron ese árbol?!), los bancos, las verjas de hierro, los portones, los patos, las flores, todo parece diseñado por un duende…. En Montreal anoche nevó, pero, durante mi viaje cortito, tomé sol mirando los veleros en el río.


Esta pausa me sirvió para energizarme, relajarme, refrescar mi cerebro a medio fundir, inspirarme, sosegarme y regresar despierta e inteligente para empezar mis dos cursos durante este fin de semana que acaba de pasar.
Gracias por quererme, Boston.
El sentimiento es mutuo.