La primera vez que fui a Boston tenía 18 años y había ido a visitar a mi amiga Clara, de 15. Éramos prácticamente amigas por correspondencia (de bolígrafo y papel de muñequitos) porque nos conocíamos muy poco antes de que ella se fuera para allá. Clara vivía en un apartamento de Boylston Street con su mamá, que estaba de año sabático haciendo un curso de restauración de documentos antiguos en Harvard. Recuerdo como si fuera ayer la sonrisa de Clara cuando nos encontramos en el aeropuerto. Me había ido a recoger en tren mientras su mamá estaba en clase. En los días siguientes, Clara me paseó por todo Boston en metro y a pie y para mi fue amor a primera vista.
Todas las fotos de este post están hechas el lunes 15 de Abril 2013.
Volví otras veces y el romance creció. Ahora, cada año hacemos un viaje a Boston en primavera porque Lau corre el maratón. A Marianne casi siempre le coincide con exámenes y ensayos así que se queda en Montreal, la pobre. Valeria y yo tenemos una rutina para el día de la carrera que nos encanta. Al amanecer nos vamos con Lau en el metro hasta Boston Common, el parque donde le deseamos suerte y le decimos adiós porque se va (con otros 27 mil corredores) en autobús al punto de salida. Entonces todo se queda solito y cuando los primeros rayos de sol bañan los cerezos y magnolios floridos, nosotras (tiritando, a 2 o 3 grados) vamos a alguna cafetería madrugadora a desayunar. En ese momento faltan horas para la salida del maratón y unas siete para que nos reunamos de nuevo con Lau, lo que nos deja muchísimo tiempo para el mejor paseo fotográfico del año. El mejor porque 1) la primavera en Boston es sublime, mucho mejor que la de Montreal porque hay mil veces más árboles floridos 2) es un paseo calmado, sin prisas y y 3) nos disfrutamos la una a la otra.
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La primera vez que nos quedamos solas en ese parque a esa hora solitaria le conté a Valeria El Exorcista y casi nos hacemos pipí del terror ambas… pero esa es otra historia. Por lo general todo es peace & love: hacemos fotos a los edificios y árboles de la ciudad, tomamos té, entramos a nuestras tiendas preferidas en Newbury Street, nos asomamos varias veces a Boylston a respirar la fiesta de la carrera (globos, banderas, gritos, música), almorzamos siempre en el sitio que le gusta a Valeria (cerca de la meta) y esperamos la llegada de Lau para felicitarlo. Luego regresamos al mismo restaurant para postre y bebidas.
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Este año estuve trabajando en el hotel todos los días unas horas, pero nuestro lunes fotográfico fue ultra bello, como siempre. Caí en cuenta de que Valeria tiene la misma edad que tenía Clara cuando fue mi guía turística, así que en vez de contarle una película de horror, le conté sobre ella, el calor de aquel verano y el helado gigante que nos comimos en Quincy Market muertas de la risa. Hacía mucho frío pero el día estaba espectacular y el ambiente de la ciudad era lindo.
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Valeria se quitó el abrigo solo para la foto, porque hacía FRIO!
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Hicimos el recorrido tradicional y esperamos a nuestro corredor . En la carrera Lau no hizo el tiempo que suele hacer porque no entrenó bien, pero el encuentro fue igual de eufórico y la hija estaba igual de orgullosa. La diferencia es que esta vez yo me quería ir. No bebidas, no postres, no nada. Por primera vez quería salir de la multitud inmediatamente y no tengo ninguna explicación. Normalmente de allí hay que sacarme arrastrada.
Lau, empapado y con una manta térmica de esas de papel metalizado que no sé cómo se llaman, pensó en llegar hasta la zona cerrada para cambiarse de ropa, pero en mi afán por salir de ahí, me aproveché de la debilidad de un hombre que acaba de correr 42 kilómetros y lo convencí de cambiarse en plena calle. Lo hizo y entramos al metro. Al salir sonó el teléfono. Era Marianne desde Montreal: “Mami, están bien? Qué pasó en el maratón? Acaban de decir en las noticias que explotó una bomba“. Recuerdo haberle respondido algo como “Bomba? Imposible. Debe haber sido la cocina de algún restaurant, qué se yo… “. Marianne, ya tranquila, pasó a darme un reporte detallado de las calamidades de las elecciones de Venezuela y el tema de Boston quedó en segundo plano. Entonces Lau señala las patrullas que vienen en sentido contrario y mi mamá llama desde España. Ahí me empecé a preocupar. Cuando entramos al lobby del hotel y vimos en una pantalla las imágenes de horribles de la meta del maratón sentí palpitaciones en la cabeza. “No puede ser que ese sea el sitio donde acabamos de estar”.
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Hice esta foto tan torcida que parece que la tomé borracha, pero me gusta.
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Esa noche en el hotel teníamos las noticias malísimas Venezuela en Internet y noticias terribles de Boston en la televisión. Horas antes yo había envíado un email a los casi 500 alumnos de Librologie firmado Jackie desde Boston, Massachusetts, así que recibí una avalancha de correo de gente preocupada por nosotros. En Facebook, Twitter, Gmail entraban mensajes y más mensajes de personas que saben que siempre estamos allí ese día. Valeria durmió pegada a mi y tuvo sobresaltos (de esos cuando das un salto involuntario sobre el colchón). Yo también. Fue la primera de varias noches de dormir con susto. No quiero ni imaginar cómo serán las noches de las personas que estuvieron en ese momento en la meta. Yo no vi nada, no me tocó correr, no estuve en medio del pánico y caos, todo lo vi por televisión igual que cualquier persona, pero desde hace una semana tengo los nervios de punta y dificultad para concentrarme. Y si Lau hubiera corrido más lento? Y si las bombas hubieran estallado antes? Y si nos hubiéramos quedado comiendo el postre en el restaurant? No nos habría pasado nada de haber estado allí, pero igual debe haber sido traumático vivir la evacuación, el metro cerrado, la gente histérica, el miedo… Y si Lau hubiera estado entre los cuatro mil corredores que aún no habían llegado a la meta? A ellos los detuvieron en seco casi al final de su carrera, sin hidratación, ni mantas térmicas, con ese frío! Y sin teléfonos para llamar a sus familiares y saber si estaban bien o heridos por las bombas. Y si… y si… y si… Mi cabeza es un continuo y si tal cosa desde el lunes 15 de Abril.
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Teníamos pensado hacer unas compras al día siguiente pero la tienda quedaba justo donde detonó la segunda bomba. La ciudad estaba paralizada y nosotros lo único que queríamos era salir de ahí y ver a Marianne. El regreso a Montreal fue triste y largo. Lluvia, obras en la vía, Valeria a ratos dormida atrás y los corazones apagados. Es la primera vez que viajamos por carretera sin comprar nada para comer. En la frontera unas ocho patrullas y policías con fusiles automáticos preguntaban a todos de dónde veníamos, si habíamos visto “algo” y si teníamos fotos del maratón para mostrar. Esos policías bajo la lluvia fueron extraordinariamente amables con nosotros al saber que veníamos de la carrera./
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Estos han sido unos días densos: noticias de Venezuela en Internet, noticias de Boston en CNN. Desde la mañana hasta la noche. Quería escribir un post lindo para la serie Ven conmigo sobre esta ciudad que adoro y los sitios que más me gustan, pero es ridículo. Es una payasada hacer eso en este momento. Lo es para mí, al menos. Creo que escribí todo esto para darles las gracias. No puedo responder cada mensaje individualmente, pero sepan que los leímos todos y aprecio infinitamente el que se hayan preocupado por nosotros. Muchos de ustedes nos imaginaron con las cámaras ahí en la meta. Yo miro a Valeria desde hace siete días y estoy tan agradecida a la vida porque no haya sido así.
Recuento en fotos del atentado terrorista en CNN.com